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Dos ontinyentinas han vivido en primera persona los atentados de Bruselas…

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Alicia y Ángela estaban en el aeropuerto de Zaventem para coger el vuelo entre Bruselas y València que se disponía a salir antes de las 9 de la mañana cuando varios yihadistas suicidas hicieron estallar las cargas explosivas que acabarían con la vida de 14 personas y dejarían un reguero de terror.

Ambas habían llegado a Bruselas para visitar a su amiga Mariola, estudiante Erasmus en la capital belga. Fueron seis días que coincidieron con la detención el viernes pasado de Salah Abdeslam, el terrorista implicado en la matanza de París en noviembre. Explican que “la ciudad, sobre todo el centro, estaba tomado militarmente. Nos llamó la atención la gran cantidad de personal fuertemente armado patrullando por algunas zonas céntricas de Bruselas”.

El día de los atentados madrugaron para enlazar un tranvía y un autobús que debía llevarlas al aeropuerto. Estuvieron a punto de perder la conexión por culpa de un billete que no era leído correctamente. “Si hubiéramos perdido aquel autobús tendríamos que haber esperado 45 minutos y, seguramente, habríamos llegado en la hora próxima de las explosiones”, exponen. Ese fue, sin duda, el golpe de suerte, lo que pudo decantar el final de esta historia y truncarlo.

 

Llegar a tiempo

Llegaron con los mostradores de facturación casi vacíos y sin colas. Todavía eran las siete de la mañana. Decidieron no entretenerse sino facturar el equipaje y adentrarse hacia la zona de embarque. Aquí fuen donde “escuchamos mensajes para que desalojáramos el aeropuerto”, pero no sabían si se trataba de una amenaza o de un simulacro. Todo era muy desconcertante. Y los minutos siguieron corriendo con velocidad y en esa fuga de tiempo empezaron a ver gente llorando, alguien que comentaba que en Twitter hablaban de explosiones en el aeropuerto, la gente quieta, más mensajes por megafonía diciéndoles que no se movieran… “fueron momentos muy caóticos”.

De repente se abrieron las puertas y las dos jóvenes de Ontinyent entre centenares de personas salieron a las pistas, junto a los aviones. Allí empezaron a percibir que algo grave sucedía.

 

El regreso

Tras 25 minutos en un descampado, por detrás de los hangares abandonaron el aeropuerto de Zaventem y llegaron al pueblo del mismo nombre. En una cafetería pasaron 12 horas. Y desde Ontinyent se activó un “gabinete de crisis” donde ambas familias se unieron para trazar un plan que las retornara a casa cuanto antes. La solución llegó de parte de un familiar que reside en Alemania. No tuvo ningún problema en viajar desde Stuttgart, meterse entre pecho y espalda 500 kilómetros y 5 horas de trayecto en coche de ida y otros tantos de vuelta, alojarlas en su casa y a la mañana siguiente acompañarlas hasta el aeropuerto de la ciudad alemana para que tomaran un avión de regreso a València.

Bruselas

Alicia Reig y Ángela Barber con 36 horas sin descansar, sin apenas comer nada, porque nada les entraba y asumiendo, poco a poco, todo lo que acaban de vivir. Ni siquiera sienten ahora sueño. Ganas, sí, de retomar la normalidad y de quedarse con dos conclusiones positivas: la suerte y la solidaridad que han recibido.

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