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El Silencio cumple dos décadas procesionando por el barrio de trazado medieval de la ciudad

Texto escrito por Sergi Gómez i Soler | Etnógrafo y Macip de la Soledad | Foto de Juanjo Alcaide

El Silencio hace años, dicen. Sí, como todos los que participamos de él en cada edición, podamos hacerla o nos llueva… Y eso nos aleja más de su nacimiento convulso y, por lo visto, feliz. Menos mal que tenemos memoria… Fue aquel un tiempo febril de novedades necesarias en una Semana Santa ontinyentina que se extinguía como una mineta sin aceite. De toda aquella efervescencia de actos y buenas intenciones, quizás ha sido la Procesión del Silencio del Jueves Santo la que más suerte haya tenido al gozar de la benevolente participación de cofrades y cofrades, y la de un público numeroso y dispuesto. Ha generado una estima que supera con creces la precaución de los organizadores —las cofradías de la Expiración y de la Soledad—, alegremente sorprendidos cada año de cómo se llena la Villa; de cómo se guarda ese silencio pedido que agobia los sentidos…

Porque nos dicen que ha llegado a tantos años, porque en cada edición, todavía nos parece reciente, novata: que el concepto todavía atrae y la fórmula que la expresa es del todo del gusto del ahora mismo, ya ves… Y nos toca complacernos al pensar que ya hay una generación de ontinyentines y ontinyentins que no pueden concebir una noche de Jueves Santo sin acercarse al viejo corazón del pueblo —antes de subirse a las casetas o de empezar viajes— para revivir un poco de aquel viejo sentimiento pasional. Ya forma parte de su costumbre y, por tanto, de lo que se aman: que si el sonido de las cadenas que arrastran los penitentes, el de la madera de las cruces como frota el suelo… Y todavía te contarán, y contaremos , una buena escasez de anécdotas remezcladas con un sentimiento complejo y una creencia que, socialmente, más se avienen con la merma que con la luna llena que nos acompaña siempre… Pero hace veinte años sólo había vacío, porque la tradicional visita en las iglesias, con los altares tan adornados el Jueves Santo, con esas palmas nuevas, con los famosos “mayos” de las madres Carmelitas, habían entrado en decadencia. Nos contaban como en la calle Mayor los escaparates de las tiendas lucían y las familias les visitaban en el paseo de iglesia en iglesia. Cuántos olvidos… Y apareció el Silencio como una idea fresca y atrevidísima, difícilmente insertable en una realidad tozuda que acabó enamorada de la idea al verla hecha carne, carne combatida, y por las calles calladas hartas de ayunas. Qué esfuerzos… No tengo noticia de otro nacimiento más preparado.

Se basó en un estudio hondo y eficaz que pretendía, vea qué intrepidez, revivir los históricos andenes públicos barrocos. Aquellas procesiones nocturnas desapresadas que querían hacer cercana la muerte lejana de algún monarca y que sacaban a la calle las cofradías más viejas, la Capita de la Sangre, el Paso del Ayuntamiento... Ahora, la Soledad y la Expiración harían de palo de pajar de una participación que se quería abierta a las otras hermandades y las que fueron viniendo. Todas ellas se han querido sumar, siempre, y de forma agradecida, a esa apuesta más sentimental que sensata… ¡Qué tiempo!, ese cartel hecho a última hora seguido de los que vendrían del trabajo y paciencia de los señores Torres y Alcaide; tanta, tanta planificación; tanta explicación; las velas por la calle; ve y dibuja todo el recorrido; el miedo a que todo hiciera o fuera humo… Y los dados cayeron de nuestro lado, mira por dónde, y la propuesta tomó vuelo…

Quizás por su poética en momento tan delicado; por la voluntad de tantos… Y la de dificultades a superar que se han sucedido, y los conflictos que se han generado y que no siempre han quedado en silencio, no… Uno Sergi Gómez y Soler La Soledad. La imagen que cortara Benlliure saliendo de la iglesia de Santa Maria. servidor quiere atesorar para siempre aquellos momentos más pulidos para enjuagar las tantas nieblas. Y esos momentos siempre están llenos de gente y, mira por dónde, de fuerte ruido…!: la alegría de la gente embolsando monas en la santa tarde; la de los cofrades más añados venga a remover por los peroles del más que delicioso chocolate que nos reconfortará en la noche; las mil explicaciones que pretenden orientar a los confusos protagonistas que preguntan y no terminan; las emociones que ya no sabemos ni cómo gestionamos… ¡Qué suerte fue recoger la tradición de los personajes proceso procesionales antiguos para hacerlos nuestros!

Cómo nació Magdalena, en una conversación telefónica de horas ya destiempo entre el Clavario y el Macip, tan emotiva; como salió el impresionante Judas de uno de los desayunos potentes del Viernes Santo, antes del Encuentro. ¡Ay si tuviéramos gente!, más gente nos falta y ya no sabemos cómo llevarla…!, que todavía están por vivir Dimes i Gestes, y Josep de Arimatea, y Sanedrí, y… La de experiencias vividas, tanto amables como amargas , que de todas se aprende y todas ellas aparecen en las tertulias de sobremesa; y la de amigas y amigos que han venido y se han ido, y quienes se han querido sumar, de fuera, para, conociéndola, compartir nuestra pequeña joya: la Expiración de Xàtiva, la Soledad de Bellreguard… Y las chanchas y verdades que nos quedan todavía por vivir… No puedo adivinar si encarnaremos la idea de hacer subir todo el cortejo no por el desierto Regall sino por el Cantalar de la Bola…; ve a saber qué va a durar el tiempo y si todo no es un espejismo que algún día se esfumará.

De momento, apriete el ahora e insisto en los detalles en una procesión que hemos querido de los sentidos: del ruido de la bolsa del traidor que de vez en cuando se ríe malévolo; de la representación minimalista de Verónica al torcer la cara de un Jesús malo de lo que sale la faz terrosa que es de mi familia; de lo emotiva que es la salida, qué suerte, del Cristo de la Misericordia entre tabaladas sordas y el clamor de las trabajadoras; de cómo los pequeños cofrades van aclarándose con el tema del odorante incienso… La Soledad que pierde la luz, que pasa justa en la boca de la calle, que frota con los tantos cables y hay que bajarla y que parece caer y que nunca lo consentiríamos y que vuelve a subir de un golpe y va espacio y ve , Macip, apartando a la gente que llena la plazoleta de Sant Pere de Verona para vivir la complicadísima entrada… Y el abrazo de todos con todos al final, que deshace tantísima tensión y esfuerzo y matraca, y que repetiremos ahora que calma la pandemia.

Hace veinte años, el jueves Santo, medianoche, el Andador llegó a la Puerta de las Mujeres con los timbales sordos, y pidió permiso al Presidente de la Expiración y al Hermano Mayor de la Soledad para empezar. Y el señor Llavero y el señor Sanchis dijeron que sí. La Mayordomo de Procesión de la Expiración y el Macip de la Soledad, juntos o alternados o ve quién fue el último ya quien le toca, cogen esa maza otosina que estacaba cañas de tomateras, de buena madera de carrasca, y dan tres golpes secos en la puerta. Ésta se abrirá, devota, chirriante, rompiendo silencios. Y, desde la oscuridad del templo, recomenzará la maravilla.