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Los amargaos

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Santiago Sanchis (director El Periòdic d’Ontinyent)

El cuento que aquí les dejo habla de unos tipejos, sujetos, fauna bastante abundante por estos parajes. Los Amargaos son especie no demasiado rara y bastante visible y previsible. Pueden aparecer, por ejemplo, sentados en un banco en mitad de la calle Martínez Valls, a media tarde, aguardando a que arranque la Cabalgata y pase por delante de sus narices. Se les reconoce, fácilmente, porque en el preámbulo ya sacan la piedra y contra ella estrellan una y otra vez la hoja afilada de su cuchillo hasta que saltan las chispas del fuego que les indica que sí, que ya tienen el arma preparada para hundirla en su próxima víctima. La ceremonia que viene a continuación es el plato frío que desfila delante de ellos. Arquean las cejas hasta el infinito de lo escéptico. Tuercen la mueca hasta lo imposible del desprecio. Y, acto seguido, comienzan su oficio de Amargaos. Lanzan cuchilladas a derecha e izquierda y, de ese modo, se sienten puros y divinos. Despotrican, ponen a parir, descalifican, desollan arrancando la piel, despedazan sin piedad y alcanzan el clímax mientras asumen que ellos tienen la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Los Amargaos sirven para destrozar un roto y abrir un descosido. Les parecen mal las obras en las calles, las fiestas religiosas por beatas y las civiles por ateas. Tienen repertorio para abofetear cualquier tema, igual pueden desacreditar la venta de El Teler que el futuro Hospital o, incluso, la Cabalgata de Reyes de este año. Escarban, miran debajo de las piedras y, siempre, absolutamente siempre, encuentran un defecto al que agarrarse, una herida en la que hurgar y un agujero que ensanchar. Todo está mal. Todo va a peor. Todo estará, mañana, mucho más fatal. Ese es su credo y su dogma. Y lo disfrazan de crítica. Mientras otros inventan, crean, imaginan, intentan, prueban, se equivocan, vuelve a probar, trabajan, construyen y comparten, a ellos les parece que eso mismo, lo que han inventado, imaginado, trabajado y creado los otros no es más que una hez pinchada con una vara. Y, ahora, a los Amargaos que antes se sentaban en un banco de la calle o paseaban entre las obras o asistían a cualquier evento público para segregar, salivar y después poder despotricar, les ha surgido el invento de las redes sociales donde pueden despacharse a gusto y disparar mucho más a discreción, con munición de muchas más descalificaciones, exabruptos y algún que otro insultillo que tengan a mano. Los Amargaos anidan en cualquier barrio, en cualquier comparsa o junta directiva. No tienen edad física aunque la mental es la misma que la de cualquier habitante del siglo XVIII hacia atrás. Van con las orejeras puestas y no tienen vista lateral, sólo pueden otear el paisaje que tienen delante. Por eso se pierden la visión de las ganas que le pone la gente para levantarse cada día y seguir adelante con algo nuevo para esta ciudad. Volviendo al inicio del cuento que les cuento, esta especie no está en extinción, por tanto no hay moraleja ni final feliz con justicia poética. Únicamente hay que dejarlos con su oficio de rajar y el resto, a lo nuestro. Que el sol sale para todos. Para nosotros también.

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