17 NOVIEMBRE 2019

Tras haber disfrutado del calor durante 5 meses, llegó la hora de cambiar radicalmente y cruzar el ecuador para visitar un país en invierno en pleno julio. Nueva Zelanda era nuestra próxima parada, no sin antes hacer una visita a la Ópera de Sydney en nuestra escala de 10 horas.

Nuestro objetivo en NZ fue la isla sur, la que más naturaleza y paisajes para quedarte con la boca abierta tiene. Y decidimos recorrerla en campervan para disfrutar aún más de la experiencia.

Nuestra primera parada, los lagos Tekapo y Pukakai. Azul glaciar. Ese era el color del agua recién fundida de los glaciares que llegan a través de arroyos y ríos del mismo color. Despertar disfrutando de este paisaje a los pies de las montañas nevadas, cerca del monte Cook es una experiencia que os recomendamos si tenéis la oportunidad.

Seguimos por la costa este. Las Moeraki boulders con sus leones marinos, Dunedin y la calle más empinada del mundo, el faro del Nugget Point fueron algunos de los destinos que nos dejaron sin aliento.

En Nueva Zelanda puedes encontrar una diversidad de fauna y flora abrumadora. Incluidos pingüinos. Así que intentamos observarlos varias veces tras su vuelta a los nidos desde el mar. Pero no tuvimos suerte hasta los últimos días del viaje donde conseguimos verlos en Oamaru.

Otras especies curiosas son el Kiwi, el Kea o el Weka. Muchas de estas especies las vimos visitando The Caitlins, entre cascadas y acantilados, llegando al punto más meridional de NZ. El Slope point, donde estas más cerca del Polo Sur que del ecuador. Era hora de visitar uno de los fiordos más importantes del país.

Milford Sound te transporta a la naturaleza más salvaje, atravesando puertos de montaña nevados y túneles kilométricos de un solo sentido de circulación. Es impresionante observar el cielo en sitios con tan poca contaminación lumínica. La vía láctea se distingue con pasmosa facilidad.

Tras vivir la naturaleza en su estado puro, pasamos por Queenstown, ciudad experta en deportes de riesgo donde puedes practicar sky diving, bungy jumping o jet board entre otros. Cientos de turistas recorren sus calles y pocos se pierden las famosas hamburguesas de Fergburguer, las más sabrosas de NZ.

Siguiendo la ruta nos dirigimos al monte Cook y el glaciar anexo, el Tasman. Sujetamos con nuestras propias manos los trozos de hielo que se desprenden de las enormes masas congeladas. Aunque la verdad, da pena saber que, hasta no hace mucho tiempo, estos glaciares eran kilómetros más largos de lo que lo son ahora. El calentamiento global está acabando con ellos.

Terminando nuestra aventura, recorrimos la salvaje costa oeste. Puertos de montaña rodeados de cataratas nos acompañaron durante toda la ruta, para finalmente acabar en la zona norte de la isla, donde saborear los deliciosos vinos de las cosechas neozelandesas.

Esta experiencia ha sido completamente diferente a lo que estábamos acostumbrados en los países del sureste asiático. Y el hecho de cambiar tan drásticamente de estación ha ayudado a que haya sido un viaje tan especial.

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